sábado, diciembre 11

Licuar con la cáscara, tres cucharaditas de azúcar, dos hielos, una ramita de yerbabuena, por favor.


Valeria pidió una limonada. Yo estaba en nuestra mesa y de repente un carro empezó a pitar. En el fondo escuchábamos unos niños gritando y una canción que iba…“montaste su moto, comiendo chicle también galleta”. El carro pitó con más insistencia y ustedes se alarmaron mientras yo me serví otra porción de ensalada. Aunque las mesas estaban tan cerca, y aunque nosotros sí escuchábamos su conversación, hay razones para saber que ellos no podían escucharnos… ¿O sí? No lo creo, definitivamente no. Su esposo le reclamaba por el desorden en el que ella mantenía la casa y ella concentraba toda su atención en sorber su limonada. Ustedes no podían contener la risa pero yo, les juro, no podía estar más tranquilo. Es decir, ustedes me vieron, ustedes estaban sentados a mi lado, yo estaba tranquilo y sólo ocasionalmente le dirigía la mirada, como para asegurarme de que Valeria no me estuviese mirando (y Valeria nunca me estaba mirando). Después de lo que nosotros llamaríamos un silencio administrativo, Valeria se levantó de su silla y borracha caminó hacia la siguiente salida, no la primera en donde yo iba a esperarla, sino la siguiente, la de las luces apagadas y los espías enamorados. Uno de ustedes me pateó por debajo de la mesa como diciendo "take the look away, take the look away", pero yo fui lo bastante listo como para sólo mirar la puerta por donde se supone tendría que salir (y nunca hacia ella), así que por ningún motivo podríamos considerar que vi sus tacones vino tinto, o esos aretes largos que tanto odia, no ni siquiera las arrugas de la  falda a cuadros que nunca plancha. Su esposo acomodó los cubiertos sobre el plato y parecía calmado ¿no? Si, nos estaba dando la espalda pero parecía calmado, como si tuviera todo en orden y esperara la cuenta, como si pensara que Valeria ya estaba en el carro. Y el carro ya no pitaba más, y los niños se habían ido—bueno, Valeria se había ido…y yo no dije ni una palabra, ni siquiera dejé de comer… Pero les repito, él me dijo que lo supo “right away”, right away… Bueno, de nuevo, Valeria pidió una limonada—o no, no, no,  yo pedí la limonada.

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