lunes, noviembre 15

Treinta y cuatro perros muertos


Usted la conoció en la Avenida Santa Mónica. Ella esperaba el bus y usted venía en su carro escuchando Grace/Wastelands. Usted la invitó a un café, “sin azúcar, por favor”, y quedaron en verse el jueves en su casa. Ese jueves hablaron hasta que ella se quedó dormida en su sofá; debían ser las tres y media de la mañana. Usted pensó que era linda y tal vez para entonces ella ya había decidido vivir con usted. Usted la conoció y vivió con ella porque cuando la miró por primera vez supo que sus ojos eran tan oscuros como los suyos. O más rojos. Sí, usted vio la ironía con la que ella parpadeaba, usted vio el olor a narcisismo en el sonido de su risa, usted vio cómo en Santa Mónica a ella no le dolió el perro que usted había atropellado y en cambio le pareció que ella disfrutó botar el cigarrillo alado de las tripas del pobre perro. “Meant to be”, eso fue lo que usted pensó, y por eso el tinto y el de ella sin azúcar.

Así vivieron los primeros días, y los siguientes y los siguientes. Usted pensó que estaría bien contarle tantas cosas, atropellar tantos perros juntos, alejarse de todo el mundo, alejarse, alejarse. Y no se equivocó, porque todo eso estuvo bien ¿cierto? Sí, todo eso estuvo bien. Usted sabía que ella tampoco estaba enamorada; lo que no sabía es que usted la conoció cuando todo ya estaba jugado.

Entonces, cientos de noches después, usted le confesó que tal vez todos los perros de su vida los atropelló sólo para poder conocerla. Ella encendió un cigarrillo y usted de inmediato supo que algo en todo esto se murió un poco; algo que usted nunca creyó capaz de sacarle los ojos ¿verdad? Pero así fue. Esa misma noche ella le sacó los ojos mientras usted dormía, y antes de irse para siempre se los dejó encima de la mesa de noche envueltos en una cinta azul que usted tampoco vio, después de todo ¿cómo iba a verlo?

Ella se fue y usted se quedó sentado en la alfombra de su cuarto, un poco orgulloso un poco pensando si lo vio venir. Irónico, ¡ja! que si lo vio venir. ¿Y qué esperaba?, acaso ¿qué clase de persona odia a los perros? Ahora a usted le parece que las noches son más largas que antes y que quizá quiere empezar a fumar, ah pero qué más da.

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