Sí, sí he estado enamorada. No, no tengo novio, y no, hoy no será la excepción. La verdad es que, en realidad, no creo en tal espectáculo. Tan patético, monótono, radiante y eficaz, cuando final es final. Es mejor pretender que tienes la cabeza llena de puñaladas y quedarte sentado ahí, justo en donde estás.
Pisando las calles frías de esta ciudad con poca luz y llena de sombras, me veo tan agrietada como el concreto barato debajo de mis píes, mientras tarareo una canción y espero a que pase algún bus. Los bares están llenos, las universidades inundadas de humo e intelecto mezclado con algo de lujuria, los aviones vuelan bajo y los cajeros, los cajeros están todos vacíos. No podría tener una mejor vista que desde esta esquina. Los carros, los puentes, la basura, los vendedores ambulantes y los charcos, todo me lleva a volver. Camino entonces a pasos largos, con la mirada baja, después de todo sólo quedan cuatro o cinco cuadras y hay mucha basura que pisar. Son casi las seis, y me parece que veo, entre los zapatos que pasan salpicándome pedazos de lluvias pasadas, las caras de una gente sola por naturaleza, gente perdida en esta la vieja ciudad. Recuerdo que alguna vez te vi a vos, apuraste el paso y te entiendo, es que en esta carrera sientes que se te congela el alma; sientes como en medio del silencio sos lo único que puede moverse y, sin embargo, prefieres no hacerlo; sientes como por tu cabeza pasan ideas, frases, armas y más ideas, ninguna es tuya, ninguna es de nadie; no puedes tocar nada, y sólo te acuerdas de esa canción.
Escucho los tráficos lejanos hacia el norte. Quedan dos cuadras y un parque. Siento como por las venas me impregno de palabras, un poco rotas, muy hechas mierda. Siento a mi cerebro derrotarse ante todos estos avisos y gritos, derrotado en medio de una insoportable densidad, lleno de ese inmenso vacío de sentirse estúpido. Resulta que hoy tampoco traigo nadie conmigo. No importa, me olvido de lo cursi de mi poesía y creo, más bien, en la desenfrenada tentación de actuar como si ya no creyera en tantas cosas. Y es que me pasa que estoy cansada de pensar, agotada, estoy exhausta de darle vueltas a lo que no tiene duda. He llegado a pasar noches enteras, medio despierta medio hambrienta, con los ojos rojos y sin llorar, con la cola cansada y las manos deteniéndome la cabeza, sentada en frente del computador, esperando que, cómo sea y no sé cómo, pueda encontrar algo familiar entre toda esta impersonalidad, como loca, buscando algo que me de señales de que sí existo. Y bueno, hoy no será la excepción.
Llego a lo que mi mamá llama mi casa. Olvidé apagar la luz y dejé también la cama sin tender. A mi derecha, está caída la foto que no pude quitar de la pared; es la foto de él, uno que me dejó antes de poder conocer este lugar y ya qué importa. Lo primero es que no tengo nada que hacer, así que me rehúso a recogerla, y prendó el computador casi instintivamente. No voy a hablar; eso es lo segundo. Incapaz de movimiento real alguno, negada a cualquier tipo de afecto, estancada en el espesor de mis comunes pensamientos, lamentando la imposibilidad de irme a dormir sin tanto pensar, sin tanto recordar. Sólo me doy cuenta de que la noche se gasta a medida que suena una y la siguiente canción: son cambios carentes de brusquedad y compasivos conmigo a pesar de todo. La noche se me cae encima y pesa, me pesa mucho. Te pareceré un desecho de persona, que no ha visto demasiado sino sólo mucha agresividad y sólo por televisión. Tengo la mente infestada de ideas ruines y ganas altamente peligrosas de acabar con todo, tengo imágenes que se me aparecen de un lado a otro, mientras suenan las canciones más recordadas, escritas por los perdidos más drogados capaces todavía de escribir. Tengo mi mente herida con momentos que me recuerdan que jamás voy a poder olvidar: momentos que se parecen más a él, a la vida más feliz que tuve y que ahora no me deja ser feliz. ¿Ser feliz? la felicidad es ganas de repetir, y si eso no es posible prefiero apagar e irme. Pero están pasando tantas cosas que me perdería en mi camino hacia la puerta. Pasa que, de repente, mi cuerpo ha olvidado la función básica de respirar, y tengo que concentrar mi energía y mente (como si fuera poco) en no olvidar respirar. Pasa que no paro de pensar y pienso: cómo es posible que olvide algo que llevo veinte años haciendo, algo que ahora me parece complicado y que a fin de cuentas, es la vida: respiras o no respiras. No hay otra explicación salvo que un tumor crece acelerado en mi cabeza. Pasa que, me hace calor y nada estuviera mejor que un concierto de mi música favorita ahora.
Parece como que cada día el mundo siguiera su curso en el puto universo sin importarle hace cuantos días no haces el amor o si es que alguna vez lo has hecho. Del amor que a veces es gritar, déjame decir, no lo puedo insultar; solía encantarme hacer el amor. Amor parecía para mí, una apuesta absurda y sin duda adictiva. Amor fue para mí, una persona, la más rara. Amor es para mí, su Rock N’ Roll: vámonos, porque qué diablos hago acá. No sé si tendré amor luego, no sé si cambiaré de opinión o querré recordarlo todo para siempre. Las esperanzas de poder dormir en donde se me dé la gana, las ganas de ver el mar, los deseos de no encontrarme caras conocidas, toda yo fracasé. Bien leí que cuando uno hace planes con alguien espera todo menos que esos mismos planes se realicen con otra persona. Y mierda que sí puede ser verdad. Sin esperanzas y sin derecho, pero sin descartar la posibilidad de que otra no se haya empacado (todavía) los sueños que hice con él (ni tonto que fuera), miro con facilidad el agua que conozco y en la que por hundir la cabeza, olvidé detalles tan simples como el aspecto de mis píes; detalles tan obvios como que no sé nadar; y tan necesarios como que debajo del agua no puedes respirar.
El amor es sólo una costumbre, un enredo entre pedazos de cielo y puñaladas, una combinación letalmente excitante y de la que no me dan ganas de hablar. Puñaladas que hieren y van matando; cielo que no permite la sangre en las heridas y en cambio te llena de buenos recuerdos. He ahí lo letal, después de que el cielo desaparece, los puñales siguen incrustados, furiosos, oxidados e infectando. La sangre empieza a derramarse y, sin más remedio, te ahogas. Furia es mejor que rabia. Infección es infección. Sangre es sangre. Si nadie hablara de amor el amor sería más sano. Mi amor es sólo otra costumbre, otro hábito, como cepillarse los dientes tres veces al día: hay quienes lo hacen, y hay quienes no y también viven, pero tienen los dientes podridos y huelen mal. Todo es acostumbrarse a pensar en alguien, a estar con esa persona, y luego a estar sin ella. Fin de mi historia. El hombre es un animal de costumbres, dicen, y, con lo difícil que es desacostumbrarse, que te dejen es lo más cruel y lastimero que pueden hacerte. Que te escupan es lo más predecible, obvio. Dicen que el tiempo lo cura todo, pero ¿qué pasa cuando uno no tiene tiempo? El tiempo podría suicidarse en mi presencia. Igual. Pero ¿qué culpa tiene el cuchillo de tu sangre que además mancha el piso? Las heridas siempre secan, aún si cicatrizan mal, pero el piso, el piso es imposible de desmanchar, you bastard.
Y bien, uno de mis problemas es que, como dije, no tengo tiempo. Mi tiempo se convirtió en el pasar de las canciones y, aunque nada parece cambiar, canción tras canción sólo me convenzo más de que en cada una hay una señal. Señal acerca de lo mismo y la misma historia. Así pues, pendiente de lo que se debe olvidar, para bien o para mal, me vuelvo un poco patética y mis costumbres rayan con todos los clichés del mundo. Canción tras canción me hago fuerte sin decir una palabra. Las canciones se vuelven más personales, más dominantes. La música es mi antidroga, es mi alter ego y el del mundo entero también. Al fin te acostumbras a la compulsiva rutina de no encontrar a la gente que, como vos y como en las canciones, habla sola. Unas por otras. No le había dado importancia pero de tanto pensar que no me queda nada, de tanto dejar que las canciones hablen por mí, es que ahora escucho. Me encanta.
¿Qué haríamos los desgraciados, los ingratos y soeces sin nuestra música? Creo que unos serían adictos al porno, otros se dedicarían a robar carros o tiendas, otros ya habrían muerto y quizá los más incapaces estaríamos en una sucia oficina, y créeme: no querrías tenernos en tu oficina. Una vida llena de éxitos es tremendamente aburridora, totalmente inmóvil y eso mata, pero una vida llena de fracasos e hijueputas también lo hace. La vida de todos modos apesta. Lo bueno es que gracias a toda la mierda, desde la más grotesca hasta la más espectacular, es que existen canciones. Canciones de mierda. Canciones que, sin querer, te antojan de un mundo imposible para vos y, aún sin la posibilidad de tocar en un escenario en frente de mil personas -que es lo que le da sentido a la vida-, hacen que la condena de existir sea llevadera. Te hacen creer en... ¿la vida? o por lo menos en que no te has muerto. Y todo porque en un mundo que parece no tener un lugar para vos puedes todavía ser una de esas mil personas que se rompe los pies saltando en frente de un escenario, con o sin luces, con o sin dinero, con o sin amor; y eso es suficiente. Las canciones de mierda son un mundo entero: son otro cuento. A mí me han inspirado a hacer de muchas veces veces para recordar. Y de recordar es que se hacen las cosas, supongo.
Tengo tantos pensamientos arrugados y a nadie que me piense por un rato o en lo absoluto. Estará mejor así de cualquier manera, porque aunque no me he acostumbrado, un par de canciones y ya está, la voz se me olvida. Me quedo mirando largo y no distingo nada, no entiendo mi lugar aquí. No me hallo. Es como si con mis dientes mordiera e intentara despedazar lo indespedazable por existencia, y mientras me sangran las encías no puedo pensar en detenerme. A mi perro Horacio, sentado alado mío, parece agradarle el limpio ruido de C'mere, y parece también entender mi cara; es el único que no se asusta al darse cuenta. Pensándolo bien es posible que no la entiende. En fin, lo que me gusta de la música es que no te juzga, no sé mete contigo, y seguirá sonando mientras tu s elo permitas, ¿qué más puedo pedir?
Por otra parte, parece que la música te mete también muchas cosas raras en la cabeza. Cosas que se apropian del lugar de la cordura. Se clavan en vos como espinas que no duelen sino hasta después, siempre después, cuando ya están lo suficientemente absolutas, y ya te has vuelto una masa dura y tan débil, que por debajo de la fuerza más que de nombres raros sólo sos de vidrios, en bruto, unos un poco sucios, otros un poco más brillantes, pero vidrios que se quebrarían con subirle a la música. Te hace pensar, uff sí... piensas mucho. Piensas en tantas cosas. En todo caso no te dejan dormir. Podrías incendiar tu cama. Son demasiadas cosas inusuales las que piensas, sos tu propia tortura y esa es la libertad, supongo. Uno se siente como si tuviera la vida pegada al coro de las canciones, como si con cada palabra te arrancaran a mordiscos la carne, se siente como tu pecho explota, una y otra vez, como si brazos y piernas no fueran más tuyos. Tus oídos te mantienen en otro mundo. Sientes que con cada paso sudas tu mortalidad mientras el cerebro simplemente se derrite en medio de tantos disturbios. Por tus venas sólo corre tus canciones de mierda y lo sabes. Sientes una fuerza ridículamente indescriptible, y es que te has vuelto invencible, más o menos intocable: la gloria se parece a tu mirada.
En la calle nadie nota la torpeza que esconde la voracidad de mi cuerpo. En la calle nadie nota ningún cuerpo. Nadie se da cuenta del logro que representa cada paso, y es que están tan ocupados en llegar temprano, en taparse del sol, en no pisar los huecos, en que van solos, tan solos; no saben que entre ellos camina un error potencial: el caos soy yo. Disfruto de cada mirada, cuál más equivocada que la mía. Disfruto de cada prejuicio errado, de cada zancadilla tendida, disfruto de todos y cada uno de los que me ven por casualidad, necesidad o ambas. La verdad es que no sería capaz de matar una mosca, no sería capaz de ni siquiera herirla. Puedo tener miles de métodos, un sin números de propósitos, puedo llegar a ser incontrolable, pero me falta lo que se necesita para matar una mosca, eso me lo enseñó mi mamá. Suerte que puedo pegar a los ojos, claro que eso no me lo enseñó ella. A mi mamá le agradezco la seguridad que me da, pero creo que me voy a quedar de adolescente para siempre, que es como vencer. Me gusta creer que mi retórica es simple y, aunque me las arreglo en todas, sólo puedo resistirme a decir todo lo que pienso. Pido resignación conmigo, pero insultaría al que me dé un sí; es que me parece que intentar entender a alguien es el peor de los irrespetos e insulto si eres tú al que han "entendido". Me parece que mi perro es el único capaz de convivir conmigo, sí, con Horacio estoy bien, siempre echado a mis píes, con sus ojos grandes pendientes de mis movimientos, con la nariz fría y su olor a perro, sin pensar de cuantas perras se pierde. Su vida es muy parecida a la mía. A veces me doy mi lugar que es con los perros callejeros.
No sé por qué hago ésto, no sé por qué no hago nada, no sé porque si intento hacerlo es como si no hubiera hecho nada. El problema es que el error, total, no soy yo. Lo otro es que vivo con el miedo y la curiosidad de toparme a uno y ser la última en mirarlo, a ver qué pasa, a ver si soy la que detona su ira y lo revela como loco que está: un psicópata que caminaba de regreso a casa. Por eso a todos maltrato, de todos espero tanto, pero suelen decepcionarme, todas las veces.
Ahora comprendo que el error de Ícaro no fue ir más alto, ni la cera de sus alas; el error de Ícaro fue la hora en que decidió despegar. Y es que eso es lo que a uno le pasa cuando lo encierran: haría lo que sea por dejar esas cuatro paredes. Lo malo es que no contabas con el piso, ni el techo. Normalmente esas cuatro paredes son de hecho seis. Estás encerrado totalmente, tanto que no te das cuenta. Yo tenía sueños, creía en muchas cosas, podría decirse que tenía autentica fe, pero hasta que no hubo suficiente realidad no pude entender que con los ojos cerrados sólo se puede dormir y estar muerto. Así que abrí los ojos (o eso me digo): nada de una vida digna de contarse; nada de espaguetis y nada de grandes conquistaas; nada de que “cuando yo sea grande” porque no seré grande, seré vieja; nada de viajes, nada de extranjero: para comer mierda no se necesita ir tan lejos. Yo digo que la inspiración no es creatividad, la inspiración es asuntos pendientes. Y yo tengo algo que no me deja en paz. Para comer mierda no se necesita ir tan lejos, eso me lo dijo mi papá.
Me gusta sentir esa levedad, la inhabilidad del cuerpo, la inútil motricidad de la lengua, yo que siempre riego el vaso. Me gusta que crean que los borrachos dicen la verdad, porque el alcohol que embrutece al cuerpo se parece a inyectarse aire en los labios recién mordidos, recientemente chupados, recién heridos. Ningún esfuerzo es satisfactorio, no, ni las buenas intenciones. Yo sigo en esta cada vez más dura silla, se hace medianoche, y continuo con los múltiples ataques de intentar comenzar algo, clavada en el computador, necia y con todos los males, sin contestar las llamadas. Concentrada en respirar, y respirar profundo, escuchando música. Y hoy no fue la excepción. Todo estaría mejor si pudiera encontrarlo, ahora. Mi lugar es con los perros callejeros. Las historias tristes abundan, las enfermedades, los silencios y los noticieros también. Me asomo por la ventana, las nubes lo cubren todo. Es jueves y seguro, con todo este frío, ya habrás planeado la noche del viernes, ya pensaste a qué lugar irás y sonriendo imaginas en donde lo quieres terminar. No estás seguro de si echaste o no llave, has regresado solo a tu casa (yo también), y mientras amas a la persona que nunca podrá amarte, con encanto alguien me dice: “pienso que eres hermosa, y nada más”.
1 comentario:
Me fasciné.
Así no más.
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