Era lindo pensar en Nico, era lindo querer besarlo y que él me gustara. Era lindo pensar en él porque en realidad él, Nico, era muy lindo, no como quien se lleva todas las miradas, pero tenía unos ojos verdes simplemente deslumbrantes y la sonrisa que, estoy segura, tendrían nuestros hijos. Y sí, sí estuvo bien que tras una botella de aguardiente, mientras estaba sentada en sus piernas, me dijera que me quería, que si de él dependiera hace rato me hubiera besado. Sí, fue lindo, todo eso fue lindo y muy bueno para el corazón, sobretodo porque mis neuronas despolarizadas ya poco entendían acerca de amor, ni de nada en realidad. Y si no hubiera sido porque el alcohol en una fiesta de adolescentes dura muy poco, talvez le hubiera dicho que yo también, que yo también pensaba que él era para mí, que yo también quería besarlo, que a mí también me gustaba soñar con él. Y hasta le hubiera dedicado las canciones que al fondo entre risas sonaban y le hubiera contado que, a propósito de sus ojos, el verde es mi color favorito. Eso y que no hay nada más difícil que decirle “yo también”. Aún así de verdad que era lindo estar sentada ahí, con el equilibrio un poco perdido un poco dependiendo de él, creyendo con toda razón que yo pensaba en él y él en mí.
¡Ah!, Emma es muy loca. Esa mujer es muy loca. La verdad que nadie la entiende. Pero es tan linda, y a veces cuando me mira me parece que entre su mirada y la mía se ve mi vida entera. Como entre sus ojos y las preguntas que yo nunca le haría, justo ahí: mi vida entera. Pero qué va, uno se la pasa pensando esas cosas y no es sino que tu mejor amigo cumpla años para que uno, borracho, se las dé de sincero y le diga lo que nunca a nadie le ha dicho a la persona que uno menos quiere que sepa y que, sin embargo, es la única y la que mejor debería saberlo. ¡Pero uno qué va a querer que sepa! No si es la exnovia del cumpleañero, tu mejor amigo, y menos si de ante mano sabes que no te hará caso y que lo único que lograrás es perderlo todo, como mínimo dos amigos, él y Emma, y la vista de tu vida entera entre su mirada y la tuya, lo que es más que suficiente para pensar que es todo. Por eso es que me preocupo tanto, porque esa noche ya pasó y el mareo del aguardiente también y ahora sí es cierto. Más cierto que nunca. Pero Emma es muy loca y uno nunca sabe, en un momento estás pensando en que esta fiesta está muy mala cuando, sin previo aviso, Emma ya está sentada en tus piernas pidiéndote que no la sueltes y como si fuera poco, el aguardiente ha empezado a tener efecto en ti que siempre dices “yo nunca tomo”. Pero bueno, la cosa es que así estábamos, y ya no me acuerdo de qué hablaba Emma, cuando alguien un poco menos ínocente nos miró con cierta picardia y dijo “Ustedes dos se ven bien juntos”…
“Ustedes dos se ven bien juentos”, lo primero que pensé fue “imposible”, y por eso repliqué divertida “¿Nico y yo?” pero entonces, a pesar del ruido, era claro que para ninguno de los dos era un chiste, “¿Nico?, Nico ¿tú y yo?” y Nico me miraba tratando de mentirme con un yo no lo sé, y pues qué más da, si al fin y al cabo yo me la pasaba pensando en él, ¿qué podía perder? No lo pensé más, y con el corazón en las manos le hice todo tipo de preguntas: que desde cuándo, Nico, que cómo así, que por qué nunca me dijiste, y me parece que pudieron más sus respuestas que mis desfachatadas ganas de saberlo todo, porque una vez era mi turno de hablar ya no quise verlo más, no al menos esa noche, y entre mi zigzagueo y mejillas rosadas salí de ahí con la excusa de ir a comprar algo. Irresponsable. Si hubiera sabido… Y bueno, a pesar de las caídas camino a casa, creo que no se me pasó pensar en que Santiago se enfadaría, y hasta llegué a mi casa con una sonrisa que hace mucho no me veía. Nico me había arreglado la noche y quién sabe si talvez la vida, pero ya estaba en mi casa, y aunque debí dedicarle las canciones de no sólo esa noche sino todas las que sé, quién sabe donde estaría Nico mientras los mareos de las últimas copas de aguardiente salían de mi cuerpo escuchando “Ziggy Stardust”, sola, mirando al techo de mi cuarto pensando en que talvez salió detrás de mí. Como ahora, tres años después de la última vez que lo vi, y que todavía me pregunto todas las noches: ¿y si me hubiera quedado...?
El punto es que le había dicho todo, y todo es todo, más lo que sin necesidad de decirle Emma lo supo. Me asusté un poco, porque como si de verdad se hubiera dado cuenta de que todo quizá era mucho para ella, se levantó y sin dejarme detenerla salió por la puerta diciendo que iría a la tienda. Ya sabía que no iba a volver, ya sabía que por esa noche al menos no pasaría nada más pero ¿quién quita? Con esfuerzo abrí la puerta pero ahí iba, detrás de ella, y ahora hoy, que de mal aspecto tengo que ir a buscarla, ir a buscarla y no sé, talvez decirle que lo olvide todo, e inventarme una historia convincente para que no deje de hablarme y todo siga como antes; ella feliz y yo feliz detrás de ella, como buenos amigos que somos. O mejor llevarle flores, pero antes bañarme y, si alcanzo, dormir otro poco. Todo antes de las seis de la tarde, porque Emma me lo dijo, no ayer sino alguna vez: “después de las seis ya no se vale”. Sólo espero que Santiago siga dormido y que no se enfade, él tendría que entender, ¿quién no amaría a Emma después de conocerla?, ¿quién –además de él– sería tan tonto como para dejarla ir?...Yo no, nunca, es sólo que estoy esperando a que me saquen de aquí, se hace tarde y no quiero que Emma piense que ya no se vale ni que de verdad estoy mal, porque no lo estoy, ni que le digan esas tontas historias de que necesito permanecer aquí por el resto de mi vida. No. Nada de eso. ¡Lo he dicho mil veces!, ¡estoy bien!, ¡perfecto!: yo sólo salí anoche detrás de Emma, una niña linda de pelo rojo y amante de las canciones de David Bowie que me espera en casa antes de las seis. Siempre antes de las seis…
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