lunes, diciembre 1

YO USÉ SU CABEZA COMO UN REVÓLVER

No creerías las cosas que he hecho con ella.


Al otro día fuimos a tomar un simple café, para no dejar ir viejos tiempos, para poderle dar otro beso y escuchar la voz que seguiría retumbando las rotas paredes de mi pensamiento. Intente prometer dejar el revólver en paz, quería prometerme que su vida sería su vida y la mía también de él, tenía el dedo en el lugar indicado, y después de despedirme seguí caminando como si me imaginara el dolor que sentíamos y que desde hace tiempo temía. Sin arrepentimientos, sin ningún maldito arrepentimiento cuando seguía mi camino y él el suyo, volteé a mirar hacia atrás, me quedé mirando, detuve por un segundo mi paso, y como no vi su mirada buscar la mía halé del gatillo, con las manos vacías, al fin halé del gatillo y su cabeza voló la mía. Se dispararon todos sus miedos y los míos también. Vi sangre, saliva y su denso amor extenderse por el espacio. Pensé que acabaría con esto o al menos con lo más importante. Explotó todo, el amor, el dolor, los buenos recuerdos, las voces, los olores, cualquier recuerdo. Ya no vi qué pasó, mi mirada quedó esparcida en su cabeza. Mi sonrisa se perdió entre tantas esquirlas, los puñales pasados desgarraron mi pecho hasta salir a la vista y ahí se carcomieron. Sentí mis píes romperse y poco antes de que se enfriaran decidí gritarle su nombre, para que viniera, para que se diera cuenta, pero la voz que de mi garganta salía era miedosa, horrible, agrietada, era mi silencio; no pude decir nada. Y él no se enteró. No pudo tener la oportunidad de elegir ayudarme o dejarme en paz; aunque se lo imaginara jamás corrió a mi auxilio. Sola parada en el andén mientras no podía ni siquiera escuchar a mis rodillas temblar ni mirar a mis píes quebrarse, me quedé en ese andén frente a unos lindos apartamentos. Él jamás supo algo. Él nunca volvió a verme. Él sigue su vida y yo ya no tengo cabeza. Mi cabeza es el sonido de la bala atravesado mi cerebro, mis palabras es el recuerdo de su cabeza apuntando a la mía. Al final permaneció todo sin dejarme nada. No solté el revólver porque no podía huir, el crimen era yo, lo imposible también era yo. Deseé haberme volado los píes para no tener que quedarme esperándolo, para haberme caído y no tener que soportar el ardor de mis píes que nunca terminan de quebrarse. Maldije la hora en que elegí mi cabeza y no algo más bonito como mi estupidez o mi pecho. Yo usé su cabeza como un revólver y me volé la cabeza, explotó todo y ahí se quedó,  detonado, en pedazos por siempre. Yo usé su cabeza como un revólver y lo que es más triste, no se me ocurrió apuntar a mis píes, acaso porque eran lo que más le gustaba.

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