lunes, diciembre 8

YO NO CONOZCO A ESE TIPO

¿Y qué si me estoy extinguiendo? Él lo dijo, él lo dijo: es mejor quemarse que extinguirse lentamente.
 Todo es así ahora, fuego por todas partes. Estoy acabado, doctor, estoy acabado. No quiero que piense que estoy loco porque no lo estoy, no estoy ni cerca de estarlo, la gente no pierde la compostura porque sí, no la pierde por mujeres mucho menos por un simple resfriado. Pero sí he visto ruines por la música, he visto locos por libros, libros por locos y gente aún peor por la música, cualquiera, de la mejor, esa música de perdedores y guitarras asesinas y voces estruendosas y desarmes. Yo, pues, quiero mantener cierta distancia, Doctor, quiero mantener mi puesto, mi familia y mi esposa, sobretodo mi esposa, ella es tan cargosa, pero es buena y me ha hecho tanto bien… Sólo no le diga nada de esto a ella, por favor, no podría soportar que sus ojos se voltearan hacía mí y me quitaran, como a un perro, la carne de entre mis dientes y colmillos. Verá, era un 4 de abril, Doctor, ¿quién lo iba a pensar? Una estúpida llamada de algún idiota a la radio “Kurt is death” usted sabe a lo que me refiero. ¿Quién podría seguir viviendo así? No nosotros, nosotros no. Pero en fin, me casé, abandoné la música y me metí en una triste oficina, y nadie dijo que eso fuera seguir viviendo. Yo sólo cumplía, con mi madre, con lo que debía, con el resto de gente…con tanta gente. Seattle había llegado a mí sin pensarlo, después de horas manejando era el último destino, había bosques y montañas y parecía tan buen lugar para esconderse. Lo conocí ahí, un desprolijo bar y tres mujeres, una cerveza para cada uno y al fondo cualquier banda sin éxito tocando. Nada ha sido igual desde entonces, yo sólo tenía 17, 17 y una cajetilla de cigarrillos en mi bolsillo, las llaves de un auto sin gasolina y la cabeza quién sabe en donde. “¿Qué haces aquí?” me preguntó sin mirar y la verdad es que nada estaba haciendo, la verdad es que no podía decir la verdad ni mentir porque no tenía nada que mentir; la creatividad era asuntos pendientes y en cuanto a asuntos yo era un pobre perdedor, talvez mi madre, pero eso no ayudaría. No dije nada, aspiré el cigarrilo con fuerza y él “Oh, well, whatever, nevermind”, palabras que en menos de un año todos, como la manada que se lo llevó, estarían repitiendo hasta el tedio, ¡já! si supieran. El caso es que nada fue igual desde ese día, quedaban dos mujeres, la banda ya no tocaba más y las cervezas ahora eran cinco por cabeza, se levantó y se fue, como si no supiera que nadie lo vio salir, como si entendiera que a nadie eso le importaba. Todo era así en él, con tan poca gracia. Y eso fue todo esa noche, nadie quería saber nada más, nadie quería en realidad saber algo, no hacían preguntas personales, no te miraban al hablar. Me sentía en casa, Aurora Avenue, y ahí nadie me buscaba. Pero todo pasó y todo le mundo ya conoce esa manida historia. Así como había llegado allí, un año después, talvez más, tuve que salir, salir y seguir conduciendo, al fin y al cabo ¿a dónde más iba a ir? Y como todo mal perdedor, con la cara quemada por el sol y unos cuantos kilos menos regresé, como si nada, regresé, a la cama de mi mamá y a los desayunos sin sentido en la cafetería de la esquina y luego esto: mi anti-vida. No se oía más de Seattle, nada auténtico, todo se dañó ahí, un 5 de abril cualquiera y las vidas parecieron seguir tan bien. No es verdad, Doctor, usted debería saberlo, ninguna de nuestras vidas debió haber seguido igual. Estoy casado y tengo dos hijos, un perro y un auto que jamás soñé, ¿ya ve, Doctor? Estoy acabado, estoy hecho trizas, estoy muriéndome sin poder por fin morir, estoy viviendo mi muerte, muriendo mi vida y en cualquier caso no se acaba del todo. Siempre queda algo más que quitarme, algo por pequeño que sea para seguir muriéndome, para seguir muriéndose, para no saber si estoy más cerca o no de acabar con todo.

No hay comentarios: