Odio las salas de espera ¿Sabían? Odio las salas de espera. Las odio. Estar aquí sentado con tanta gente, ¡con tanta gente! Y esas tontas miradas que a uno le dirigen como si por estar juntos en el mismo cuarto fuéramos amigos, o enemigos o en lo absoluto tuviera algo que ver con ellos. No. Las odio y a esas personas que esperan también. Sobretodo porque fue así cómo conocí a Gabriela, o Gabrielle como ella lo escribía, el todo es que así la conocí: en la sala de espera hacinado con cualquier gente impacientes por un pobre ortodoncista que se mata por meter la mano en la boca de todos, digo por atenderlos, digo porque uno quiere una sonrisa brillante, bonita, aunque tenga que cargar años –yo llevo tres- con tanta pendejada en la boca y además los brakets, sí, tanto metal y uno con brakets.
El día en que por primera vez la vi es imposible pasarlo por alto, cada mes, y solía pensar mucho en ella ese día, bueno, como todos los días pero ese día tenía un motivo, o más bien una excusa y todo por donde miraba era su cara; un festivo aunque ahora ese día me guste menos y menos y más que a Gabriela se parezca a un día en el que las despedidas son propicias porque uno así se siente los festivos. Yo estaba sentado como siempre, maldiciendo la silla, maldiciendo a los “pacientes”, maldiciendo la maldita espera, el maldito calor, el maldito olor de mucha gente, lo de siempre, maldiciendo no sé si tanto como ahora (nunca lo sé), pero ojalá que no, ojalá que más que ahora; yo luego les explicaré. Y bueno, el todo es que estaba sentado en una silla de la esquina menos iluminada y llegó ella, y entró y saludo a todos amablemente, Buenos Días, y yo que alzo la cabeza y la veo, caminando hacia mis sueños (y hacia la secretaria), la vi sonreír y sentarse, "Buenos días", pero todos ya estaban callados y ella que se queda viéndome y sonríe, otra vez; es que era tan fácil para ella sonreír así, como si nada. Bajé la mirada, no tuve opción, yo no sabía saludar. Entre lo que hablaba con la secretaria escuché que por distintas ocupaciones y compromisos no había podido asistir a su cita el día 23 de Agosto, un sábado, y que por eso, si no es mucho atrevimiento, venía hoy por si acaso la pueden atender, esa mañana, 28 de Agosto. Desde eso cuadré, como loco debo aceptar, mis citas los sábados, en las mañanas como ella, no sé si por forzar la triste oportunidad de un encuentro casual, forzar las circunstancias para que parezca que estoy ahí esa mañana de sábado porque me toca y ella también y entonces algún día empezábamos a hablar... pero no creo, al contrario creo que eso hubiera sido lindo pero no tanto como ella, como sentarse ahí a esperarla y luego esperar con ella y entonces la gente parecía menos maldita, la espera parecía menos maldita, y tanta porquería y los brakets en la boca parecían tan inofensivos…hubiera sido lindo pero no tanto como será ahora.
Entonces todas mis citas, de cada mes, fueron el sábado por la mañana. Unas veces trataba de llegar antes y otras a propósito tarde para ver su cara cuando yo entrara, pero eso se me quitó rapidito porque a ella como que no le importaba si yo entraba o no. Y ella siguió sonriendo cada vez que saludaba, y hasta yo aprendí, sólo por esos sábados y no para siempre, a saludar. Aprendí y también yo le respondía el saludo y, debo confesar, hasta cuando llegaba y miraba esa sala de espera con nuestros justos dos puestos (eran tres en realidad, el último se llenaba con una señora gorda) vacíos yo saludaba, sí, yo saludaba gentilmente aunque ella no estuviera, buenos días y hasta luego cuando salía y ella otra vez no estaba, porque a Gabriela siempre la atendían primero, aunque yo estuviese ahí hace una hora antes. Pero bueno, yo feliz, yo qué me iba a quejar, por qué iba a molestarme eso. Ella también decía "Hasta luego". No a mí, claro.
A veces ella llegaba con el pelo mojado, yo me imaginaba que recién bañada, tan obvio ¿no? y otras veces con el pelo seco y yo me imaginaba que es que ella se ha pasado la noche del viernes derecho hasta la mañana del sábado entre parques y cajas de vino, sin tiempo para duchas, pero que la verdad es que se levantó tarde y tarde ya era muy tarde para bañarse. Cualquiera de los dos días muy bonita, pero a mí me gustaba más con su pelo mojado porque las mejillas apenas se le ponían rosadas y la piel de los brazos se le hacía de gallina, y el pelo un poquito más oscuro le empapaba la camiseta que se le pegaba a la espalda y me dejaba ver la tira de su brassier, blanco o negro, más negros que blancos. Si tuviera que decidir diría que no me gustaba tanto cuando tenía el pelo seco porque se parecía más a mí, la veía y era como más real, no tan de sueños míos, sino de verdad, como no tan limpia, no tan imposible, lo que a la larga terminó por gustarme porque ¿de qué sirve alguien que lo pone a uno a dudar de si ella existe o no, o es que uno se ha vuelto loco o un loco depravado o que cómo le digo esto a mi mamá? Y así yo creo que me le fui inventando la vida y cualquier detalle, como que a lo mejor era desordenada y que molestaba mucho en clases, ¿en qué colegio estará? ¿dónde quedará su casa?, ¿y será que tiene peluches en su cuarto?, ¿y su piel? ¿es tan suave su piel? sí, sí, seguro que es tan suave su piel, ¿pero a qué sabrá si le paso mi lengua? ¿a rico? pues claro que a rico, pero quizá y es muy probable que no le guste que uno le saboree la piel, a casi ninguna niña le gusta eso, ¿pero será que tiene novio y por eso a veces no se baña el pelo, porque pasó la noche en la casa de él? No, no, está muy niña todavía, de unos 16 años, ¿o quince? María de los Ángeles la perdió a los quince, pero es que María de los Ángeles parece como de 200 años, sí tantos, en cambio Gabriela se ve toda jovencita todavía. No, ella no tiene novio. ¿Y se le erizara la piel…?
A mí me dicen que tengo ojos bonitos, pero yo no creo, yo creo que lo único bonito es mi voz cuando me le acerco a alguna vieja y le digo Hola, linda, ¿cómo estás? con aire de matador, y como nunca a ninguna vieja se lo he podido decir ninguna me ha saludado Hola, Lindo, muy bien y tú. Talvez la gente no me ve nada bonito, talvez sólo yo me veo bonito cuando me imagino saludando así, con aire de matador. ¿Y cómo iba a acercarme así, sin nada bonito? Eso a ella no le pareció problema y, en cambio, tan linda Gabriela cumplió mis sueños de portarme matador. Un día que los dos puestos nuestros (la señora había llegado más temprano de lo normal) quedaron alado, ahí seguiditos, me habló. Sí sí sí ¡me habló! Cuando entré y supe que ese día me hablaría me puse muy nervioso, para qué, muy nervioso y dudé en sentarme, y yo creo que los pacientes que todos esos sábados eran los mismos se dieron cuenta, qué risa que se hubieran dado cuenta. Al fin me senté y ahora sólo quedaba esperarla, preguntándose cosas de las que uno no va a saber la respuesta como que cuál es el sabor de su piel y cómo se llama su perro, porque había decidido que debía tener un perro, y así hasta que llegara. Si ya había aprendido a saludar saludarla no iba a ser problema, estaba nervioso pero decidido a decirle que ella me había enseñado a esperar en las salas de espera y lo más importante: a saludar, que gracias a ella y tal vez el destino ahora podría saludarla como soñaba y que gracias por eso. Y en esas andaba cuando llegó. Perecía que se le hacía tarde pero al fin llegó y al fin me di cuenta que no se le había hecho tarde sino que a mí largo, muy largo. Saludó y miró el puesto a mí lado, intenté no mirarla, fallé, se sentó, un poco penosa diría yo, pero se sentó y acomodó su bolso y yo la seguía mirando y me miró y ella seguía sonriendo y yo sonreí. Como si nada. Y como si nada me preguntó la hora; ahí me di cuenta de que no se le había hecho tarde y ella debía pensar lo mismo porque esperaba cierta respuesta para estar saber que no llegaba tarde: 10:00 AM, y esa hora era también mi respuesta. ¡Y SONRIÓ! De ahí todo surgió como era con ella: como si nada. Me contó que ese día le quitaban los brakets, y que para mi desgracia, aunque ignoró esa parte, ella no volvería más. Lo dijo con cierta gracia que me partió el corazón. Debieron verme la cara, qué risa, pero los planes iban a cambiar. No podían.
Y no lo hicieron a pesar de que Gabriela tenía tantas ganas de estrenar sus dientes nuevos.
Le quitaron los brakets y yo sigo acá. Esperando y esperando, en esta sucia sala de espera a que salga algún médico y cure la contusión –que no es tan grave- de mi brazo derecho, el que ella hirió cuando al salir del consultorio la seguí hasta el parque de dos cuadras más allá y no sé por qué estaba oscuro pero sí por qué tan solitario: ya me había dado cuenta de que al medio día no hay gente en las calles. Y era medio día y yo le hice jurar que volvería a acompañarme, cada sábado, por la razón y por la fuerza, y ella se negó, me gritó que estaba loco y hasta me pegó con una rama que no miré de dónde salió. Pero los hombres somos más fuertes y me le fui encima con el brazo así empezando a sangrar. Una cicatriz llamada Gabriela en mi brazo derecho y las marcas en mis manos de sus dientes blanquitos y nuevitos que debí ver llenarse de sangre cuando intentó gritar que llamaría a la policía y que, como si fuera poco, me alejara de ella, mientras luchaba por safarse de mí. Pero los hombres somos más fuertes. Hola, linda, ¿cómo estás? Y ya no tenía la sonrisa que tanto me gustaba y a ella tampoco le gustó mi saludo que tanto había soñado, ni tampoco le parecí bonito ni me respondió Hola, Lindo, bien y tú, lo que uno esperaría que le respondan. Le dije que por ella había aprendido a saludar a la gente, que no sea mala y me saludara, pero su cara se puso un poco morada y entonces, de nuevo como si nada, dejó de parpadear.
Yo creo que todavía debe seguir allí y que de pronto algún transeúnte ya se ha dado cuenta pero que nadie vio nada. La voy a extrañar pero los hombres somos más fuertes. Yo creo que ella no va a volver más, no a su casa no a su cuarto lleno de peluches, no a saludar a su perro Horacio ni a molestar más en clase, porque adivinen qué: ella no va a volver a su colegio. Ella no va a volver a ninguna parte. Y su piel sí sabía rico, y no, no le gustaba que se la saboreen; lo odiaba, así como yo odio las salas de espera.
1 comentario:
igual, me da curiosidad. son las 3 am (aquí) me duelen las rodillas, tomo coca.cola en lugar de tinto.
escríbeme, al correo de hotmail más bien r_abdahallah(arroba)HOTMAIL(PUNTO)COM
Publicar un comentario