sábado, noviembre 13

Chairs to sit and sidewalks to walk on.

Oh no, no tú. No-otra-vez.


Aquí hace frío. Tantas cosas que ya no me extrañan. Sólo para estar de acuerdo este es mi segundo intento. ¿Escaleras?, no: ascensor, sexto piso, el pasillo largo largo. Tu puerta amarilla, dos toques porque qué más da, tus llaves para emergencias, tu puerta amarilla. Y aquí.

Esto es una emergencia.

Tú ganas: pensarte es como hablar contigo, y es que de todas maneras es mejor si me repito tu nombre. Toda mi vida te he estado luchando, y tú… No quiero ponerme cursi, pero ¿te acuerdas cuando me dijiste que jamás te habías enamorado y yo te propuse que te quedaras conmigo porque yo ya no estaba intentando que te quedaras conmigo? Bueno, no hablamos nunca más de eso, pero es que hoy me siento como ese día. Como esa tarde, como ese momento en que mentirte dolía un poquito en las rodillas, cuando yo sabía que de alguna manera no ibas a poder vivir sin mí. Y no pudiste, ni yo tampoco. Y no estuvo bien, ¿cierto? no poder dejar de hacerte preguntas, de ser tan estúpidamente insegura, de pensar que yo nunca te lo diría...Ahora mira este desorden: todo como nunca lo dejarías; sillas para sentarse, andenes para andar. Y mírame a mí, casi no se me nota.

Creo que me volví una persona de esas que pierde el tiempo porque jamás piensa en ello, en nada en particular. Después de todo, eso ya es lo de menos. Salvo tus murmuraciones creo que ya tenía todo resuelto. Porque a veces me pareció entender que lo que tenías en la cabeza me era familiar. Creo que me entiendes si te digo que lo que más me importaba era saber esas cosas que me decías en voz baja, que no te atrevías a gritarme, que sabías que eran importantes y por eso la voz, tan bajita, como tú. No creo que tenga que ver con esto pero uno nunca sabe; siempre puede ser que te escurra agua por las manos y te des cuenta de que tienes las mangas secas. 
Aunque me hagas esas caras creo que sólo quería volver, volver y humillarte en donde jamás lo hubiera podido hacer, tu casa, tu ciudad vieja, tu cuarto y la cocina, un baño y dos camas. Dos baños y una cama. Tres sillas, una mesa, seis lámparas y dos rotas. Las tildes en donde ya las habías quitado. Las fotografías todas de postales, y aún así todas las colgaste. Todas excepto la que yo te tomé, boba. Esto es un desastre, no sé por qué te gustaba tanto así, de verdad, no sé por qué te gustaba tanto así.

Y tu ropa lista, como si mañana después de bañarte fueras a salir descalza a ponertela. Tu cama tendida, como si nunca te hubiéramos visto, y las tazas de café sucias, las maquetas por el suelo, tu basura amontonada en el escritorio; ¡ja! esto nadie se atrevió a limpiarlo. “Una empleada deficiente” me hubieras explicado; no, dulzura: una empleada que no sabe que has muerto. Y siendo sincero no creo que nadie la llame, no creo que nunca nadie haga algo para explicarle. Como yo, que tampoco espero tener que oír una sola palabra de tu familia, esa que nunca sabía dónde andabas.

Lo peor de todo es que no lo soporto, no a ellos sino a ti. Quería que te quedaras porque en el fondo me acostumbré a necesitar saber que podía tenerte cerca y no quererte todavía. Suena estúpido pero es peor de lo que parece. Me avergonzaban tus bromas, tu humor barato y tonto, tus puntos de vista tan obvios, tus opiniones tan vilmente comunes, tan predecibles, tan aburridas. Los clichés que lograban impresionarte (y que yo lograra impresionarte), tus dichos de peluquería, la mediocridad de tus decisiones; lo ridículo que era que todo te saliera bien. Tu belleza vulgarmente estereotípica, tan fácil de notar. Tus canciones sosas y tus clásicas pastillas. La insoportable tibieza en la que se pasaba tu vida. Tus amigos, tus viernes, tus casas grandes, tus carros limpios. Tu verano importado, tu inglés perfecto, tu francés básico, y el delineador negro corrido bajo tus pestañas. Tu infantil manía por el cereal con leche, la misma infantil manera de no mirar a los ojos, tu infantil obsesión por mí. Y qué perdida te veías al bailar, y qué débil me hacías parecer cuando me abrazabas, y cuando se te olvidaba algo, y cuando pensabas que ganabas si ya no te decía nada. Qué bobadas hacías...Y qué bobada pensar que podía venir y decirte todo esto sin sentarme a llorar. Qué bobada que hayas pensado que iba a detenerte, que teníamos que pedir perdón y todas esas cosas. Qué bobada haber creído que no te importaría si besaba a alguien más, pensar que no lo sabías, pensar que tu vida es tu vida y la mía también. Qué bobada que pensáramos eso, Andrea, que pensáramos que no te quería, que a pesar de los dos algo lindo iba a salir de todo esto. Qué bobada haberte dejado hacer lo que quisieras y que lo que quisieras fuera comerte tu espejito roto, sin decirme nada, sin darme tiempo de explicarte este último año, sin dejarme desmentirte tantas cosas, sin mostrarte todas las cosas que me has hecho…Qué bobada pensar que podía venir y resignarme a volver a mi casa; que podía venir y decirte todo esto sin decidirme a saltar por tu ventana. Qué estupidez haber pensado tantas cosas cuando matarse es la manera más obvia de saber que estás muerto. Y que ya estás muerto.

No hay comentarios: