domingo, septiembre 12

Not tonight, darling.


No, ahí fue cuando saltamos al río. “El primer campamento no puede ser el último” había leído antes de salir y ahora pensaba que la primera copa no puede ser la última así como tampoco el último beso viene después del primero. Era un círculo vicioso, como decía Botas, todo el tiempo. Vicioso, sí, yo también, a ratos. Es cierto que cualquier copa me dura poco, es cierto que estábamos un poco desesperados, pero quién iba a creer que Botas iba a lanzarse así al río, sin saber por dónde es jueves o río pero sí el modo secreto para que ambos cayéramos tan felices que ya no podría decir quién fue el de la idea, el de las tontas ganas de nadar o matarse de a poquitos, en ese río tan poco culpable y todo lleno de peces naranjas. Sí, ahí fue cuando saltamos al río porque lo de las canciones fue después, cuando ya habíamos decidido que los peces eran venenosos aunque amigos y que en la siguiente parada yo me bajo.


Las sillas eran incómodas, el suelo era incómodo, la piel era incómoda, pero definitivamente había algo bueno en la descarada espera en la que Botas me mantenía. Sí sí, porque cuando me prometió que pasaríamos la noche prendiendo un cigarrillo tras otro porque no habría más fuego y que luego temprano saldríamos a buscar nuevas cajas de vino, y vodka, yo ya sabía que iba a ser así de incómodo esperarla en ese andén de piedritas rotas, pensando tal vez en cómo ella pasaría su lengua por mi oreja, tan despacito, así como los peces luego mordieron mis pies revueltos. Bueno, esas cosas pasan. Al inicio pensé que bromeábamos, como lo hacíamos con todo, pero cuando Botas me arrastró de la mano no pude evitar entender que esto era quizá lo más serio que haría durante toda su vida. Y la mía. Por eso, cuando al correr Botas me clavaba en mi mano sus uñas mordidas, no por el frío sino porque así es ella, no pude evitar echarle la culpa del sabor a sangre de mi corazón, una sangre de tamaño más o menos grande llena de pepitas de moras moradas y astillas de otras partes.

Sí, así empezó la noche desde la que sueño lo de las arañitas amarillas que forman trenzas y que son agua, que en realidad era el sueño de Botas pero eso…¿a quién le importaba? toda la semana me lo había estado contando, de tantas distintas maneras que terminé por aprenderlo todo. Y yo que pensaba que nunca me besaría. Luego arriba, en alguna parte del río, yo creo que Botas no planeaba nada, pero para no decepcionarnos me pidió que le sirviera del vodka ese que llevaba un mes y medio en la tienda hasta que yo lo robé. Botas además de cruzadas tenía ganas más que nada de que me enamorara de ella, te quiero, te quiero, algo que a estas alturas ya no era un juego; era más bien como la familia más vieja del mundo. No obstante, y me gusta usar esa conjunción, la noche iba bien. Los cigarrillos prendidos, te quiero, te quiero y no podían ser más de las siete y treinta y ocho ¿de la mañana tal vez? Siete y treinta y ocho y Botas ya me había contado que desde chiquita siempre había querido llamarse Ashley y no Botas, tener el pelo azul y no así tan largo, vivir en Marruecos y no conmigo. No obstante, de nuevo, la noche iba bien.

—Querida, me sabe a sangre el corazón.

Y ahí fue que saltamos al río. Tal vez porque Botas no quería decirme nada, o por las pepitas de moras moradas y las astillas de otras partes o simplemente porque Botas ya no podía ser así: Botas, mi collar de la paloma. Y cuando nadábamos fue que supe de la existencia de los peces naranjas amigos y más importante aún: de las canciones aformes, informes, deformes y empapadas de voces chillonas que no dejaban en paz a Botas, que le decían que no, que esta noche no, querida, y que la obligaban a soñar con arañitas amarillas y a pegarme en la cara si yo le decía que el corazón a veces también me sabía a unas estrellas, sus estrellas. Entonces el vodka dejó de surtir efecto y el vino caprichoso empezó a envolverse en las piernas caprichosas de Botas; una Botas que lloraba pegándome en los ojos sus buenos momentos, que me hacía señales de humo con el único cigarrillo que nos quedaba prendido antes de que el vino se aburriera, antes de que los peces me mordieran, antes de que el trasero dejara de dolerme y entonces supiera que hace rato mi parada había pasado, que hace rato yo ya me había bajado pero Botas no, que para siempre ella seguiría río abajo mandándome besitos con sabor a sangre, con sabor a agua de río de sus pulmones, de sus pulmoncitos rotos por heridas de nicotina y promesas como que mañana temprano saldríamos a buscar cajas nuevas de vino, y vodka, porque te quiero, te quiero, porque los peces, querida, también me están matando.

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