Maldita sea, Simón, cómo es que no puedes dejar de reírte. Maldita sea. Sí, a cualquiera puede pasarle, a cualquiera esas formas tradicionales del amor, pero es que parece que vos no entiendes. Entendé, ya no sirve de nada, Leo es la peor noticia. Antonia estaba muerta hace un par de semanas, un par de días no más, y ahora vos salís con esto. Te juro, amaneció así, muerta, y yo, por Dios, me encargué de inútilmente tomarle el pulso, de sentir su pecho friísimo y oírla toda hueca salvo por esa ranita que tan bien los dos conocemos. La llevé como habíamos pensado a la mesa del comedor y tras prenderle unas velitas con menor dificultad la arrastré hasta el patio de atrás. Y ahí, al lado de las magnolias, justo debajo de los limones más amarillos, la dejé con los labios cerrados casi que en forma de sonrisa. Aún podía oír la ranita saltar los charcos entonces un poco más secos de Antonia, pero nada de qué preocuparse, después de todo ambos sabíamos que aquello iba a durar. Y ahora esto; te dije que traerla aquí era mala idea, te pedí que nos alejaras de ella pero vos no, no podías, no podías. Ya sé, que la manera en que te mira, las cosas que ella hace, el olor de sus sábanas nuevas… y siempre las mismas palabras de amor…ya sé que es difícil hacerla a un lado, ya sé.
De todas maneras, Simón, alguien algún día nos va a pedir explicaciones, alguien de alguna forma se va a dar cuenta, ¿y entonces qué, Simón? mirá que yo creo que todo ya estaba jugado desde hace rato, que desde siempre Anto estaba para vivir toda nuestra vida, y las siguientes y la de los siguientes; lo que sí no creo es que ésta sea la primera vez. Es decir, Antonia parecía siempre tan segura de todo, tan segura y tan familiar, porque si no ¿de qué otra manera podía ella…? Te digo, la primera vez que la oí comerse la tierra supe que eran sus dientes blanquísimos los que roían las ramas y piedrecitas, cosa que confirme la segunda vez aunque sólo a la tercera te dije; cuando el sonido era ya tan nítido y tan cercano que en serio pensé estaba enloqueciendo… y vos tan tranquilo… te juro que cuando hace una semana te pedí que vayas a ver y me dijiste tranquilamente, que todo bien, yo lo olvidé por completo. Pero ahora vos me decís que no sabes, que no sabías, que sólo fuiste al baño, tomaste agua y volviste a mentirme que tranquilamente, que todo bien, y que ahora que de casualidad recordaste las magnolias te diste cuenta de que ya no oías la ranita, y entonces desesperado corriste hacia allá sólo para ver que la tierra estaba húmeda, muy húmeda, las ramas y piedrecitas trituradas, los limones más amarillos en el suelo. Esto no es bueno, Simón, y no me mires así, ni trates de abrazarme que yo sólo pienso en Antonia, descalza para que no podamos oírla acercarse.
Entendé que fue Antonia la que despedazó a nuestro Leo, fue ella quien después de mordisquearlo lo escupió todo en donde pudiéramos verlo; yo sé que vos también tienes miedo, y que por eso me ayudaste a limpiar la casa de q.e.p.d. Juana y a deshacerme de lo que quedaba de su cuerpo, porque vos sabes que también fue Antonia y que de todas maneras es nuestra culpa. Sí. Porque nosotros la trajimos aquí, porque nosotros no pudimos hacerla a un lado y tuvimos que traerla aquí, y presentarle a Juana y hacer que Leo dejara de ladrarle. Pero Simón, Anto, ella, no va a parar. Simón, a mí no me importa si por los siglos de los siglos seguirá así, pero es que si eso hizo, si eso anda haciendo, volverá por nosotros, volverá ella y su estúpida rana, y sus blancos dientes, y las encías hinchadas, y el rosado casi rojo de sus labios. Y nos arrancará los ojos, y abrirá nuestro pecho tan indefenso a sus uñas sucias y se reirá de nuestra sangre tibia. No descansará hasta habernos masticado, eso no, Anto volverá por nosotros dos, ella nos amaba, así como amaba a Leo y a Juana, nos amaba mucho y por eso, por eso, Antonia volverá.
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