jueves, octubre 1

La gente

“…y ahora esa idea encarnaba nuevamente en un cuerpo que abracé apenas cruzó la puerta, pero al que no sabía si tratar como recuerdo o como persona.”
R. Abdahllah

‘La gente se ve muy pequeña allá abajo’ fue lo primero que tras dos horas de viaje Valentina me dijo. Si bien era cierto que la había tomado por sorpresa, que hace años no nos veíamos, yo no entendía por qué tanto silencio, por qué estaba tan decidida a no decir nada, a que su silencio no tuviera razón. Ninguna; que ni siquiera no tenerla lo era. De todos modos no podía dejar de pensar en ella, en qué estaba pensando o en si de verdad estaba pensando algo. ¿Algo de mí? Quién sabe. Ella no iba a decirme y Valentina era un muy bonito nombre como para no decirlo en voz alta.


Hace una hora y cuarenta minutos habíamos dejado de ver las autopistas, tantos carros, esos ruidosos edificios, la gente muy pequeña allá abajo. Tres horas más y quizá volveríamos a lo mismo. Más autopistas, más ruidos, más verde, más vientos encontrados; camino de mil rutinas: y la gente más pequeña allá abajo. De haber sido buenos en tres horas al paraíso. Pero no, no llegaríamos a tanto.

Mientras atravesábamos la cargosa ciudad Romeo, noté que Valentina había estado llorando. No ahora, pero sus ojos todavía estaban rojos y sus mejillas algo húmedas, o al menos así quise imaginarlas, muy húmedas y rosadas aunque no pude negar notar que empezaba a empalidecerse, casi al tiempo en el que el sol nos iba dejando a solas y las esperanzas, bueno, no sé en dónde se nos quedaron las esperanzas. ‘La noche no será larga’ me dije a mí mismo pensando si sería una buena frase para romper ese silencio que empezaba a flaquear mis duras expectativas de que nada dure para siempre. No, no lo era. La miré temblar. Seguí pensando.

Era un panorama triste el que inevitablemente podría verse desde abajo si al subir la mirada íbamos pasando, por casualidad, por como todo, y eso inevitablemente me molestaba hasta pensar que -de hecho- yo y ella éramos tristes. Tan tristes, como que su silencio podía ser para siempre. Ella había muerto mis expectativas. Las cosas no debían marchar así pero al fin marchaban, y nada más habría podido hacernos tan felices como que las cosas al fin marcharan: nuestra aunque añeja aún sedienta victoria de luchar en contra de la gente invisible y eso del ciclo natural de la vida. Pero Valentina no iba a decirme nada, no se permitiría reconocer que así era, y no importa cuánto lo deseé no parecía pensar en nada parecido a lo que planeé cuando compré este avión. No, nada, ni nada parecía estorbarla, sacarla de ese cuadro de pestañas filudas, y es que, aunque me esforcé en fingir ignorarlo, en realidad nada era capaz de llamar su atención. Nada hubiera podido hacerla sonreír, nada que hubiera podido yo decir o que me dejara al menos tomarla de la mano. Tomarla de la mano, como en los viejos tiempos. Pero ni mis miradas invocadoras del pasado, ni mi respiración tal cual como la de aquellos días cuando decidimos acabarnos juntos parecían interrumpir su complot de un rumbo sin rumbo, una vida sin muerte y una muerte que no termina; todo con sus no palabras, sus no miradas, su "yo pensé ya lo habías superado".

No había nada en el cielo (¡el cielo!) que fuera tan importante como para posarse en su mirada. No había nada en mí que pudiera quedarse detrás de sus ojos, sus preciosos ojos. Ni siquiera el murmullo de mi estúpido estertor, por real que intenté que fuera, podía hacerle recordar que en otra época, ¡no muy lejana!, dicha victoria nos hubiera hecho felices. Un estertor moribundo e inútil que pretendía hacer del viaje uno un poco más parecido a lo que siente el hombre que decide regresar a casa (a alguna casa); un poco más parecido a los besos de los enamorados que han decidido empacar algunas canciones para tomar el siguiente bus a Silvalandia. En el camino ambos habrían sentido lo mismo, eso que yo quería sentir. Estábamos escapando ¿no?, cumpliendo nuestras promesas, ¡y ella no iba a permitirse reconocer que así era!

‘Ha pasado mucho tiempo’, segundos antes de cumplir con nuestra promesa de acabarnos juntos por siempre, en un tono sugestivamente tranquilo para tratarse de un arrepentimiento, de una súplica desganada y sórdida de salvarnos la vida. Acaso porque ella sabía que conmigo no hay vuelta atrás, no la hubo cuando le dije que la amaría toda mi vida ni cuando me hizo prometerle que no la llamaría más; acaso porque Valentina lo sabía,  esta vez tampoco habría vuelta atrás. No, esta vez tampoco.

‘La gente se ve muy pequeña allá abajo’ fue lo primero que tras dos horas de viaje Valentina me dijo. ‘Ha pasado mucho tiempo’. Eso fue lo último.

Y no me dijo nada más.

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