viernes, junio 19

NO SÉ SI A VOS


Caminaba sólo de vuelta a casa. Solo como siempre. La misma avenida cuarteada, los mismos pasos cansados, las mismas ansias de llegar para escuchar la misma música de la noche anterior, y de la anterior y de la anterior.

Nada tenía de raro, era jueves y en esas andaba, ya dudando si quería o no llegar rápido. Crucé esta esquina, crucé y, como si hubiera estado planeado desde siempre, paró un bus azul, se abrió la puerta y te vi. ¡A ti!, la niña que a muchos saludaba y a todos sonreía, tú y tus inconfundibles labios adorados, tú y yo y tus preciosas sonrisitas del mismo lado.

Te conocí hace cinco años cuando apenas comenzábamos sexto grado. Eras nueva y tenías un acento que todavía recuerdo, “Ella es Paola, viene de Cali”, quise cederte mi asiento pero pronto encontraste uno mejor. Siempre encontrabas uno mejor. Y han sido tantos años, Pao, tantos años y jamás habíamos estado tan cerca de poder hablar. Nunca. Muchos no era yo y nunca seré uno de ellos ¿cierto?, nunca seré de los muchos que saludas porque nunca caminaré con gracia ni hablaré en público sin ponerme rojo ni tendré más que los mismos dos amigos de siempre... Pero bajaste de ese bus, y si no soy ni seré nunca de esos muchos a los que saludas ¿qué importaba?

Bajaste despistada, como si no supieras que era yo quien te esperaba en el andén desde hace cinco largos años. Bajaste y yo, que sólo caminaba, me detuve. Me miraste y pude ver como toda mi vida pasaba por tus ojos; juro que yo sólo te miraba y de pronto como si todo el mundo no fuera suficiente sonreíste. ¡A mí! y yo sin poder creerlo, tan poco listo y hoy, porque sí, me sonreíste, con tus labios rojos (¿ya te había dicho que me gustan mucho tus labios?) y dientes tan blanquitos (¿ya te había dicho que ese blanco es mi blanco favorito?). Y ahí estaba yo, feliz, sin saber por qué jueves-6-de-marzo se había tardado tanto, sin saber por qué me reconocías, sin saber la hora, sin saber nada porque era la primera vez que me mirabas. Casi un siglo después de enamoramientos míos te acercaste y despacito me dijiste “hola”, así de fácil. Esperaba un milagro y ahí estabas tú, Paola, “hola” y mi voz que se atoraba entre la felicidad que entonces entorpecía mi capacidad de hablar. No podía dejar de mirarte, quería correr, quería darte flores, quería saber si no había muerto; quería decirte que eres la niña más bonita del mundo, quería decirte eso o algo o lo que sea. Quería gustarte. Quería saber qué hacer, pero sobretodo, quería quedarme, contigo, allí, en frente de un sucio bus azul y los carros que nunca paran, con tus ojos de frente y yo agitado. Me temblaban las manos, estaba muy nervioso porque eras muy bonita. No sé cuánto duró, si horas, días, o talvez toda la vida, y como si supiera que ibas a decir que sí, que ese sería el primero del resto de mis días, con esfuerzo logré balbucearte: “Hola, Paola…” y bueno, te sorprendió quizá que sabía tu nombre, y bueno… el resto es historia. La historia que todas las noches me cuento.

Paola, mi milagro de un jueves 6 de marzo. Creo que hablamos dos minutos o tres, o un poco más porque aunque me sonreías todavía me costaba hablar, y era lento pero eso no te importó. Hablamos del colegio, del sol de esa hora... te invité a mi casa y hasta te despediste poniéndome un beso en la mejilla. Ninguna niña me había besado antes. Dijiste “mejor vamos a comer helado, Nicolás” y no me importó que no pudieras ir a mi casa, “Nicolás” y qué importa si no me gustan los helados y me hacen doler las encias, por supuesto que iríamos a comer helado. Por supuesto que lo haría por ti. El resto del camino no pude dejar de pensarte, como los últimos cuatro años de mi vida pero esta vez el piso era tan ligero, y cantaba en voz alta, y hasta saludé a mi mamá de beso. Me había enamorado de tu sonrisa, me había encantado que seas tú, mi milagro, Paola, este 6 de marzo.

Este 6 de marzo. El primer día del resto de mis días. Esa pudo haber sido la corta historia de alguna noche, entre abrazos, que le contaría acerca del día en que empezamos a salir. Eso y no esto. Pude haberme detenido en esa esquina y ahora tener mil historias más que contar, su número telefónico y las encías hinchadas por comer helado. Hubiera podido detenerme y regresar volando a casa y cantar en voz alta y saludar a mi mamá de beso, acostarme en mi cama, pensar toda la noche en su sonrisa, y esperarla mañana en la misma esquina. Eso. Y con el tiempo hasta habría podido contarle que la verdad no me gusta el helado o el helado finalmente habría empezado a gustarme. Eso y no esto: un tonto que sólo puede arrepentirse. Que no tiene nada que contar a sus 14 años y sólo le quedó regresar a casa, caminando, tan solo como siempre.

Caminar y arrepentirse, con la amarillez de las penas y la cabeza todavía baja, como evitando los espejos como manteniendo el momento, porque apenas la viste agachaste la cabeza y apuraste el paso. Porque apenas bajó de ese bus azul la mirada clavada en el cemento ni siquiera tuvo que elegir: sus ojos no encontraron los tuyos, y ya sabes: has perdido la oportunidad de tu vida. La cabeza baja de regreso a casa, porque eres un cobarde que nunca podrá hablarle, porque sí importa que no seas de los muchos a los que ella sonríe, porque no te detuviste y entonces, nada, ni sonrisas ni milagros ni nada. Sólo las fantasías cada vez más frecuentes de cuando me hable, y sonría, y no me avergüence de verme en los espejos porque sostuvo la mirada, porque me reconoció y sonreí, porque fuimos a comer helado y escuchamos North… Fantasías, puras fantasías, mientras muevo mi mano cada vez más rápido, fantasías, mentiras de un jueves en la noche, fantasías que siempre terminan en…

Esto.

Esto y nada, ni sonrisas ni milagros ni nada. Solo, otro cualquier 6 de marzo.

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