viernes, noviembre 13

El Blues más aburrido del mundo

BLUES FOR MAGGIE

Y ya ves, Maggie, y yo sigo pensando en ti. Maggie si te dijera que ahora no agradezco tanto que me hayas querido lo suficiente como para dejarme tus llaves, entregarme la manera más prolija de entrar a tu vida, a esa infranqueable sonata que acaso son tus caprichos y más auténticos silencios. Maggie, cuánto los extraño. Estas escaleras un poco sucias y oscuras me recuerdan un poco tu pelo, nada sucio y más bien muy oscuro, tan lleno siempre de aromas desconocidos para quienes no pueden hacerte reír, porque no, a ellos jamás abrazarías. A veces melón, sandía, y ese dulcísimo olor que vos insistes es vainilla; sí, casi siempre es vainilla. Y ahora la puerta, cuántas veces tuve miedo de ir hasta tu puerta, de que al verte no me recordaras, no me reconocieras y entonces las torpes palabras se me trabaran entre los dientes y mi voz saliera traducida en chillidos estruendosos y habría que correr, correr y no volver jamás a buscarte. Cuántas veces temí tantas cosas, y aquí en frente de esta puerta, mientras transcurrían horas hasta que la abrieras, porque Maggie sos lenta, siempre demorándote en abrir la puerta. No alcanzaría a contarte todas las historias que imaginé parado aquí. Al inicio caminaba de un lado a otro, casi siempre mirando al suelo, zarandeándome la cabeza hasta arrancar todos los pelos; no sabía qué hacer para que al abrir sonrieras, y te dieran ganas de besarme…pero era tonto Maggie, y heme aquí, muerto de miedo, muerto de miedo ahora que también te tardarás en abrir la puerta, y tanto tiempo, y pasará mi eterna espera y pasaré a la eterna espera...


Qué lástima que tenga tus llaves, de verdad, después de todo esperarte era como esperar a que te quitaras la ropa. La vista no se compara pero tampoco es del todo mala, las escaleras, el ascensor todas las veces descompuesto, tu puerta desteñida, este tapete que tanta importancia ahora se merece dados tus esfuerzos por conservarlo, incluso a pesar de las conocidas manchas de vino, los hilos sueltos a causa de unas zapatillas mal utilizadas y las infaltables sugerencias de tu mamá para que compraras uno nuevo. Será mejor que lo dejé para el final, y entre de cualquier manera.

No nos equivocamos cuando dijimos que serían para una emergencia, para cuando perdieras las tuyas o simplemente quisiera darte una fiesta sorpresa…todo eso ahora.

¿Maggie? Ahora pienso que no debí venir a esta hora, cuando la luz anaranjada —que tanto adoramos— se derrite sobre cada centímetro de tu apartamento adueñándose del aire que se me pega en los pulmones, tal como el día en que te visité por primera vez, tan anaranjado todo y las sombras perfectas, tanto que te miro, ciego siempre de tus ojitos que además de fuego ahora me parece que traslucen mi cara, te miro Maggie, podría jurarlo. Agh, Maggie, maldito yo que no pude…Maggie.

Y ya ves Maggie, ya ves. Todo está en su lugar, creo, todo como vos lo dejas siempre, los zapatos del día anterior tirados, el sofá azul un poco magullado, la mesita de centro en un lado, las persianas entreabiertas, Cuentos completos / 3, y del otro lado, en el mesón opaco, una taza de café, a medio tomar si no me equivoco, con leche y sin azúcar, y esa que debe ser mía, negro con muchísima azúcar. Sí. Boletos para cine, eso no lo esperaba, ojalá esta vez si pudiéramos ir temprano y no perder los cortos: cosas tuyas, esa y no abrir los ojos bajo el agua, que nunca pregunté por qué. Pero era muy bonito todo, Maggie, correr, rebasar tus mal genios por el retraso con besos y ver venir las carcajadas para luego, cuando te acordabas de que el tiempo es vida y decías que no íbamos a pasarnos la vida persiguiendo al tiempo, nos colabas en la fila, y había que empujar a la gente hablando francés para que no nos detuvieran. A ti que te queda tan fácil por esa tu nariz tan europea y las pestañas tan largas, y quizá por lo hondo de tu voz, y yo detrás, alzando la mirada para que todos vean que me cogías de la mano, tú, Maggie, y muy bonito todo, aunque mis ojos no fueran claros. Qué pena si tienes que aguantar todo esto, sé que no te gusta que te recuerde así sin llorar, pero te juro que esto se compone. ¡Ah! esa foto, del día en que un auténtico francés descubrió mi acento acolombianado y me dejó el ojo como aquí lo tengo, negro morado verde perdido, y tú a mí lado muerta de la risa rogando que alguien nos tome una foto. Maggie, con qué orgullo se la muestras a todo el que te visita, y con qué gracia todos opinan lo mismo: “loco, luces terrible, y Maggie, ¿cómo es que…?”. En realidad vos no cambias, te empeñas en organizar por colores los libros poniendo en medio los álbumes que, según vos, te recuerdan el ánimo de las historias; una basura Maggie, cómo perdías tanto el tiempo, organizando eso mientras podías besarme, o lavar los platos, qué sé yo. De todos modos se ven bien, a la izquierda los diez tomos de la RAE, luego otros cuadernos que seguramente estarán llenos de dibujitos, unos álbumes adquiridos a través del préstamo sin devolución que claro hay que esconder de las visitas. Todo aquí parece mantener el hilo de lo que vos seguías, Maggie de la cosa.

Las plantas secas, las mil fotos colgando por todas partes, las cositas y los perros callejeros, la alfombra color claro y estos bibelots que habrás dispuesto bajo no sé qué criterios de organización. Maggie, no digo que tengas en realidad tus extrañezas suficientes para hacerte diferente al resto de mujeres, aún cuando fueras tan terca, descuidada y libre (te he dicho que ambos somos sólo perdedores, y a cualquiera si se le narra bien resulta ser tan peculiar y sus costumbres tan caricaturescas como para ser personaje de los cuentos que tanto lees); es sólo que, Maggie, es una lástima que nada de esto pueda ser descrito, que nada pueda decirse de esto cuando todo aquí es como tener tu vida, como saber la verdad detrás de tus ojos, y ya ves como lo desperdicio.

Abrir tus cajones sí es lo más triste, pero dije que no te molesto más, Maggie, ni a tus cajones tan descompuestos, tus papeles sueltos, tus cosas. Los garabatos en la pared me gustan tanto como tus manitos todo el tiempo heladas y resistentes a cualquier intento de abrigarlas, ahora seguro tendrás mucho… ¿y este…“A mí también me duele”?, vos siempre tan encuentada, Maggie, ya te había dicho que odio que hagas eso, que odio que saques los cuentos de este o cualquier otro muerto en vez de sacar los tuyos. Bah, Maggie, pero vos nunca cambias, y no vale la pena molestarse ahora, después de que no quise hablarte durante muchísimas semanas y que al fin decidí venir; cómo son las cosas, que justo sea yo quien deba venir, y no tu mamá por ejemplo, porque iban a desocupar tu apartamento y entonces, entonces etcétera. Cuando el tipo hablaba yo sólo sentía que el nombre de Maggie era un lugar común, Maggie-familia, Maggie-único hogar, y ya sabes que yo sí. En fin, Maggie, no vale tampoco la pena preguntarte si pensaste en mí, si mientras todo pasaba pensaste al menos por un segundo en que si yo.

Hablamos tantas veces de la vida, de que era ella quien debía arreglársela con nosotros y no nosotros con ella, dijimos tantas veces que a la desgraciada le quedaba muy fácil hacerse la difícil pero que no nos conocía, que al fin si ella dejaba de perseguirnos nosotros también la dejaríamos en paz. Estaba tan seguro que por segunda vez en toda mi vida me sorprendí cuando la llamada de tu mamá a las tres de la mañana, entonces todo desde ahí hasta hace poco fue Denial, Revisited, por así decirlo, pero también era una capa blancuzca, y los ruidos sordos en las noches, las manos frías bajo la almohada, la piel roja arañada, la creciente modorra vespertina, matutina, y que todas las noches ninguna anocheció. Yo sólo te digo Maggie que esto también es tu culpa.

Los afiches en tu pared, qué trabajo te costaba pegarlos alineados y cuántas maldiciones se ganaron por tu torpe sentido de lo recto, y acá detrás de tu puerta, el poema pegado como si hubieras presentido que vendrían a despegarlo. El día en que te lo di te pusiste muy contenta, no sé si porque lo arranqué de un libro de la biblioteca o porque lo habías leído en uno de tus libros y en el fondo deseabas que yo también lo leyera. A lo mejor era porque el poema lleva tu nombre, y vos, Maggie, eres bastante vanidosa, hay que aceptar. Tan vanidosa y no te importó que te encontrarán así.

Maggie, estoy harto de tu nombre. Riéndote porque normalmente vivo equivocándome, triste porque me tardo en tomar decisiones que siempre terminan siendo malas, graciosa porque en los restaurantes debes cambiarme de plato, y enojándote porque si actúo impulsivamente es normal que cuelgue el teléfono. Nada tiene sentido. Blues for Maggie, porque este mal no es jugando, o si lo es Maggie no era necesario, no era necesario y esa es la diferencia entre el poema y vos. Y ya ves, Maggie, ya ves. Vos de pelo oscuro y casi siempre el mismo abrigo gris, es muy fácil hablarme de ti, hablarte a ti, pensar en ti, y es muy probable que lo haga diciendo todas las veces “siempre”, “mucho” y “más”, a veces “nunca” y otras veces “risa”, o “no sé”, pero casi siempre, “siempre”. Eras así, Maggie, casi siempre, siempre, risa o no sé. Creo que tus llaves se perdieron, nadie supo entregármelas, sólo el paquete de cigarrillos que el otro mes dejarías, y un par de botones, del abrigo gris naturalmente. No te va a gustar, pero seguramente te revolcarás de la risa al ver como antes todo esto arde en llamas: tu fiesta sorpresa; jamás hubieras aceptado que tus cosas se regaran por ahí, entre manos ciegas y miradas tan ignorantes de la tuya o la mía, desatándose los hilos que vos has tejido y que tenías que dejar, Maggie, tenías que dejarlos así, tenías porque terca Maggie, mala niña, tenías que dejar así todo tirado; por eso el fuego y por otro lado la emergencia de la que habíamos hablado. Sé que de haber tenido más tiempo, más vida, vos también hubieras incendiado todo esto, las plantitas, los libros, las sillas verdes, el tapete viejo de la entrada. Claro que esta foto del perfil de tu cara no tendrá la misma suerte, porque nunca tú cara luce así tan linda como cuando no usas ropa. En fin, esta foto, mi Maggie, se va conmigo, en el bolsillo o en la mano, a volar por los aires desde tu balcón, a ver si te alcanzamos, Maggie, porque esta no es vida, no es tiempo, no es cuento; esto será, Maggie, el placer boca abajo.

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