Lo recuerdo todo, Manuela, ¡claro que lo recuerdo todo! Ésa era otra época. Una época dorada así no lo crean. Lo recuerdo como si hubiera sido hoy, y hasta podría describirte la manera en que se cocinaban los huevos fritos en las mañanas; la gente vivía preocupada por otras cosas y las cosas no parecían cambiar, nosotros los jóvenes (el futuro del país, aunque nadie pensara en eso), nos ocupábamos de disfrutar la vida que por otros se desperdiciaba. Se había caído el muro de Ton y Taeko Ubah todavía gobernaba Silvalandia, podíamos mirar el sol y era tan fácil salir a caminar por ahí, porque todo era fácil, tan fácil; quizá lo único complicado era elegir una canción favorita. Nada era demasiado aburrido y no era tonto hablar de revoluciones que duraran sólo un día, amábamos la vida, la amábamos tanto… Lo recuerdo todo, Manuela: las personas, las calles, las palabras, los amigos, la música, ¡la música!, sobre todo a ella… Es que no siempre hemos sido viejos, solíamos ser más jóvenes que los de ahora, teníamos todo y todo queríamos, porque todo estaba siempre a la vuelta de la esquina. ¡Claro que recuerdo aquellos días!, ¿¡cómo olvidar!? Cuando eran muy pocos los que estaban felices pero eso ¿a quién le importaba?
Lo tengo todo aquí, Manuela: el sabor de nuestros besos, el color no tan intenso de las calles, el indescifrable olor de los años intactos, las noches de vino, las fiestas sorpresas, los inagotables vecinos, tu mamá que no dejaba cerrar la puerta del cuarto si estabas conmigo, el café de las cuatro, y de las cinco y de las seis y de tres de la mañana, las mismas cartas de amor, la escases de recuerdos, las horas muertas y los adultos que se quejaban por todo y que a veces decían “todo tiempo pasado fue mejor”. ¡Y cómo nos burlamos de eso!, y de todo en realidad; no hicimos nada más que mirarnos a los ojos con la certeza de que algún día nada de eso importaría… y ya ves, Manuela, al fin y al cabo no nos equivocamos: nada de eso importa ahora.
Nunca pensé en que ya éramos el futuro que ahora fuimos, bastaba con escribir malos poemas, los mejores amigos y los fines de semana. ¡Lo recuerdo todo, Manuela!, recuerdo como buscábamos nuevos lugares para pasar el tiempo aunque ni el lugar ni el tiempo nos interesara mucho; siempre terminábamos en el mismo café. Pero íbamos a todos los toques, en bares con poca audiencia y mesas más bien sucias, donde nos gustaba tomar cerveza, comer crispetas y simplemente quedarnos en silencio pegados a las pecas en nuestros ojos como si se hubieran podido ir a otra parte, mientras la música parecía advertirnos “stay there, stay there” y nosotros parecíamos entenderlo tan claramente. Claro que también habían días en que nunca me faltaba imitar la guitarra eléctrica y sacudir el pelo — que por cierto en esos días no era tan blanco y siempre fue largo—, como si de mis movimientos dependiera conquistarte un poco más o quién sabe si salvarte la vida, y vos cantabas a todo pulmón, así muchos aburridos dijeran que nada íbamos a sacar de eso, y nada sacamos, pero estuvimos en las plazas, los parques, y en cualquier lugar donde una guitarra sonara mientras nadie se preocupaba por cómo regresar a las casas u otras soserías como que si alguna vez todo eso iba a terminar. Y bueno, no sacamos nada y también se terminó, pero podríamos contar toda la historia como ningún libro podría hacerlo con dibujitos y todo tan claro como tu buen humor, que aún sigue sonando tan bien como aquellos días, con esa risita…
Y sí fuiste la mujer de mi vida. Te recuerdo toda; ese día en Café Rally, era abril, estabas tan linda, llevabas esa faldita verde que siempre me gustó mirarte, tu pelo suelto de cierto modo y tus pestañas tan largas, sonaba Phoenix y no pude evitar acercarme. Sonreíste, estaba nervioso, yo sólo me repetía “te encontré”, a sólo tres pasos de ti necesité diez y finalmente te invité un café, pediste tinto y yo con leche, dije algo, vos te reíste —como ahora—, y de inmediato supe que esa era la risa que quería escuchar por el resto mi vida —como ahora—, “One Time Too Many” y me dejaste con tu número telefónico en mi bolsillo izquierdo. Esa noche no dormí, nadie lo hubiera hecho, sólo me embobaba tratando de saborear tu risa —como ahora—, eso y besando (apuesto a que no lo sabías) el pedazo de hoja suelta en donde con letras caprichosas escribiste siete-cero-cuatro-tres-cinco-veintinueve, escrito acertadamente acaso sólo por cortesía, amor, siempre dudé de mis encantos y no de tus buenas intenciones.
¡Y qué sería de los dos sin los viajes! Recuerdo las ansias, los pueblitos desconocidos, los buses llenos de gente que no volvíamos a ver, la espera en los terminales y sobre todo lo que se siente estar en un lugar nuevo de tu mano y con la guitarra al hombro. Ese sí es el cielo, querida. Mi cielo. Como nuestro viaje al mar, ¡cómo olvidarlo!, exactamente un año antes de graduarnos. Ahorramos unos meses y de pronto estábamos embarcados en un viaje de 18 horas hacia el mar. La playa era perfecta aunque la arena no fuera tan suave como hubiéramos querido, y los atardeceres eran tarde y la madrugada también. Sé que planeamos más de…de siete veces el regreso, e incluso que una vez hablamos de irnos a vivir todos los días al mismo mar y la misma arena no tan suave…pero la universidad se acabó, y conseguimos un trabajo, obligaciones, responsabilidades y no íbamos a mentir: de haber regresado en avión, tú con tacones y tan serio yo, no hubiera sido lo mismo… No debimos estar tan ocupados, linda, debimos haber botado todo por volver, así que si por casualidad inventarán la manera de regresar el tiempo prometéme que botaremos todo por volver.
Los años pasaban y no pararon, casi sin pensarlo la última década del siglo fue sucedida por los años nuevos de un siglo sin estrenar que nos trajo tantas brutalidades como le fue posible al muy bastardo; como estos días, en los que todo está al revés. El tiempo acabó con todo un poco, Manuela, y lo sabes bien, pero también sabes que en medio de tanto desorden no me faltó luz: tus ojos, y los buenos recuerdos, porque no importa cuánto nos costó logramos terminar nuestros últimos días juntos, en una época distinta a la nuestra pero juntos, y eso es como perfecto ¿verdad, mi amor? Me conoces bien, y sobra decir que en un mundo que se ha quedado sin las los escándalos de Belamy y la voz de Doherty no podría vivir; en un mundo que seguirá eternamente sin Bob D. y que, como si fuera poco, ha perdido al creador de los Simpson y a lo que más duele, el Café en donde nos conocimos (ahora es un triste centro médico, un centro médico), en un mundo así, sabes bien que no podría vivir sin ti, Manuela, no hubiera podido no morirme de tristeza sin ti, Manuela.
¿Sabes, Manuela? A veces me imagino que todavía somos jóvenes, y puedo sentir los mismos pensamientos en mi cabeza de aquel entonces, puedo ver los afiches en la pared un poco desteñidos por el sol y tu sonrisa que se parece a “quédate un rato más”; te veo a ti linda, diciendo “¿por qué no vamos a caminar por Corrientes?”, te veo aquí sentada y a mí, a tu lado, que siempre quise ser bueno en algún deporte, feliz porque falté a clases para decirte que sí, que vamos a caminar por Corrientes siempre y cuando me lleves de tu mano. A veces me imagino que todavía somos jóvenes y te veo, tan linda, haciendo siempre preguntas, sonriendo cuando te digo que estás muy bonita con esa camiseta roja y que contigo el café sabe mejor que siempre. Y aunque no hay nada como esos años intáctos, por allá entre las memorias de un siglo que terminaba y los augurios del que amenazaba con empezar, hay que admitir que estar así contigo se siente tan bien como entonces. Claro que es difícil salir a caminar, y ya no conocemos las carreteras ni sabemos en dónde quedó esa playa de arena no tan suave, y el rock ha cumplido más de cien años y pronto será nuestro turno, pero me alegra que después de habernos separado por algún tiempo porque por fin viajaste a Francia y yo debí quedarme acá (esas cosas pasan), nos rencontramos de la misma forma que cuando te conocí: por casualidad, y que, aunque no nos veíamos hace mucho, me preguntaste si recordaba el parque en donde nos besamos (te digo en verdad me alegrará que lo menciones) y que hablamos un poco, o mucho o lo suficiente para volver a vivir juntos, para siempre y para que ahora, otros veinte años después, podamos hablar de nuestros años intactos y de cómo hoy y en ese entonces la historia sería la misma: los dos y el mundo que a pesar de sí mismo poco nos cambia, tu risa y dos cafés, una buena canción y el juego de ideas, un poco atrevidas un poco ciertas, de lo que diría después de cuarenta años, si me preguntaras que si recuerdo cómo era antes, antes por acá en los cotidianos años intactos. No te preocupes, linda, la memoria no me fallará, no ni aunque para ese tiempo yo…no sea una respuesta.
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